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17 septiembre 2011

Last Tango in Paris

Ni supe que era el último ni entendí que fuera un tango, me sorprendió lo humano, lo humano que quiso ocultarnos la censura, la hipocresía, la vieja sempiterna moral... ¡Genial Bertolucci! ¿Eran otros tiempos, otras épocas?

02 octubre 2008

Teach your children... Crosby, Stills, Nash & Young

¿Recuerdas el camino?
Las flores crecían en las veredas y la luz parecía llenar los lienzos de hermosas utopías.
Mirabas con toda la fuerza de tus ojos y el horizonte parecía tan cercano,
tan próximo como el amor.
La luna y el sol se llamaban hermanos.
El paraíso estuvo muy cerca de haber existido alguna vez.
Tus pensamientos vagaban por la etérea esfera
en la que confluían todos nuestros universos
y la felicidad parecía al alcance de tus curiosos, juguetones dedos.
El alma se llenaba de banderas, la música era mensaje, evasión, vida.
Tal vez fue ayer, tal vez fue nunca.

13 septiembre 2008

Una llamada, una vida pretérita

Una llamada, una vida pretérita
Me sorprendió tu llamada. La tarde paseaba aburrida intentando deshacer el nudo que provocaba la tos en mi garganta cuando sonó el teléfono. Tu voz se me hacía extraña al principio. Tu saludo; sin embargo, no había cambiado con los años. Me permitió reconocerte. No dudar sobre la autenticidad de los recuerdos que emergían reclamados por la magia de tus palabras encadenadas a través de la línea.
Me sorprendió tu llamada. Aun más tu invitación. Esta última avivó mis recelos. ¿Por qué, después de tantos años, volvías a dar señales de vida? Decimos así, “dar señales de vida”, como si uno muriera en realidad cuando deja de formar parte de nuestra historia cotidiana. Como si fuera tan fácil desparecer y aparecer. ¿O lo es realmente?
Pienso que a muchos nos gustaría estar ausentes durante esos momentos desagradables tanto por su carga excesivamente dramática como por la ausencia de cualquier vestigio de vitalidad. No sólo pienso o creo que es así, lo sé.
Como decía tu admirado Conan Doyle o alguno de sus directos o indirectos biógrafos puso en sus labios yertos, lo sé, estoy seguro, no es un pensamiento o una creencia. Y en este grupo de personas te incluyo a ti. Sí, ya lo sé, mi manía de clasificar todas las cosas. Manía de científico o pseudocientífico, porque, bien es verdad, al cabo de los años quién sabe lo que realmente es uno.
En estos pensamientos estaba inmerso cuando te vi entrar por la puerta de aquella cafetería de falso aspecto irlandés donde habíamos quedado. Tu pelo seguía siendo ensortijado aunque las canas cubrían bastante más tu cabeza que los cabellos oscuros tan típicos antes. Miraste a tu alrededor antes de darte cuenta del lugar en el que me hallaba sentado. Me pareció notar la sorpresa en tu rostro. Sorpresa probablemente asociada a los rasgos cambiados que apreciaste en mi cara. O tal vez no porque nos mentimos, como se debe mentir en estas ocasiones, al decirnos que estábamos igual que siempre como si el tiempo no pasara por nosotros.
Nunca me han gustado estas afirmaciones falsas. Esas mentiras piadosas tan comunes y bien valoradas. Pero el roce social poco a poco ha ido limando también las aristas de mi carácter y cada vez soy más dado a callar o a mentir con mayor o menor éxito. El tiempo había pasado por tu rostro y por tu cuerpo aunque tu forma de vestir parecía haberse estancado en otras décadas. Seguían tus manos estando repletas de anillos. Anillos que me resultaban equilibradamente conocidos y nuevos. Ese hábito tuyo siempre me había chocado. Desde los tiempos que compartimos de estudiantes en el instituto tuviste una gran afición por los anillos y sortijas. Me parecía llamativo. Llamativo, sobe todo porque jamás soporté llevar anillos, cadenas, collares u otros adornos parecidos.
Pediste un café. Me sorprendí de nuevo por este cambio de hábitos. No recordaba que bebieras café. Es más, alguna vez te oí algún comentario contrario al café, al té, a cualquier infusión. Te parecían bebidas de ancianos. Tal vez ahora eres una persona anciana y eso explicaba tu petición. O tal vez no. ¿Porque cuántos años podrías tener? Recordé que compartíamos algunas clases en el instituto y eras, creo recordar, un par de años mayor. Entonces, en términos técnicos, no podría decir que fueras una persona mayor. Tal vez pensaran diferente algunos de los jóvenes que departían alegremente acodados a la barra del café.
Bueno,- te dije- ¿por qué querías verme?
- Veo que sigues tan directo como siempre. Siempre al grano. No se debe perder el tiempo.
- Las cosas han cambiado en muchos aspectos pero en las conversaciones me gustan poco los circunloquios. Me intriga que nos veamos después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro.
Tu mirada parecía cansada. Las ojeras que rodeaban, enmarcaban, tus ojos, eran demasiado nítidas. Daba la impresión de que habías tenido poco éxito con el sueño la noche pasada. Aun así, tu rostro mostraba una concentración excesiva, como si realmente te costar estar donde estabas y hablar conmigo.
- No lo sé. No se por qué necesitaba verte, hablar contigo. Tal vez necesitaba hablar con alguien que no me hubiera tratado mal. Con algún amigo aunque fuese un amigo pretérito.
La realidad es cambiante. La realidad presente y la realidad pasada. “Alguien que no me hubiera tratado mal”. Me sorprendió esta frase. No recordaba que hubiéramos tenido una relación superficial. No recordaba que mi trato hacia ti fuera malo pero tampoco que fuera especialmente maravilloso. Mientras vagaba entre recuerdos, una certeza afloraba cada vez más en mi pensamiento. Veía claro que estaba hablando con una persona que me resultaba completamente extraña. Y me parecía imposible teniendo en cuenta los muchos años en que habíamos compartido tantas cosas.

14 febrero 2007

En las alas del viento

Hoy la mayor parte de las conversaciones que no tratan de política o fútbol giran alrededor de San Valentín patrón de los enamorados. Vaya por delante mis felicitaciones a todos los lectores de "Blogger” porque creo que el amor es una sensación o un estado sublime aunque muchas veces nos haga pasar por auténticos idiotas y otras por grandes peligros públicos. Pero una vez dadas estas felicitaciones, vayan las críticas a todos los que no muestran sus sentimientos a diario y esperan a este comercializado día para hacerlo. Sin embargo, mi intención no va por estos caminos al escribir este post.
No, porque hoy, a pesar del día tan cambiante, con independencia del cruel, fuerte y vanidoso viento que ha derribado un bonito y añoso pino cerca de donde trabajo o de esa lluvia torrencial que ha estado dando una lavadita a la gris cara de la ciudad durante parte de la jornada, tengo ganas de transcribiros (por no decir copiar para vosotros) un fragmento escrito por Jules Renard en su cuento “El cazador de imágenes”.
Espero que este pequeño canto a la alegría que surge espontánea desde lo más hondo de nosotros cuando tomamos una pequeña bocanada de aire fresco y nos dejamos envolver el alma por el panteísmo que impregna nuestro castigado mundo, nos dejamos llevar en las alas del viento.
Dice así:
“Salta de su cama de buena mañana y sólo parte si su mente está clara, su corazón puro y su cuerpo ligero cual prenda estival. No lleva consigo provisión alguna. Beberá aire fresco por el camino y aspirará los olores saludables. Los ojos le sirven de red en la que caen presas las imágenes.
…/…
Se adentra en el bosque. Él mismo ignoraba que poseyera tan delicados sentidos. Al cabo de poco, impregnado de perfumes, no se le escapa ningún rumor, por sordo que éste sea, y para comunicarse con los árboles sus nervios se enzarzan con las
nervaduras de las hojas.”

30 diciembre 2006

Olvido

Hace dos tercios de los años que tasan mi edad tuve una amistad, tal vez un amor.
Ocupaba mis pensamientos, llenaba casi todo mi tiempo, nuestro amor, su esencia, tal vez su imaginación de serlo.
Me dijo: “Dentro de unos años solo recordarás mi nombre”.
Todo aquello que me pareció eterno se difumina como humo.
Y me doy cuenta de que es tan cierto lo que me decía: hoy solo recuerdo su nombre porque su nombre refleja el olvido.