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17 septiembre 2011

Last Tango in Paris

Ni supe que era el último ni entendí que fuera un tango, me sorprendió lo humano, lo humano que quiso ocultarnos la censura, la hipocresía, la vieja sempiterna moral... ¡Genial Bertolucci! ¿Eran otros tiempos, otras épocas?

13 septiembre 2008

Una llamada, una vida pretérita

Una llamada, una vida pretérita
Me sorprendió tu llamada. La tarde paseaba aburrida intentando deshacer el nudo que provocaba la tos en mi garganta cuando sonó el teléfono. Tu voz se me hacía extraña al principio. Tu saludo; sin embargo, no había cambiado con los años. Me permitió reconocerte. No dudar sobre la autenticidad de los recuerdos que emergían reclamados por la magia de tus palabras encadenadas a través de la línea.
Me sorprendió tu llamada. Aun más tu invitación. Esta última avivó mis recelos. ¿Por qué, después de tantos años, volvías a dar señales de vida? Decimos así, “dar señales de vida”, como si uno muriera en realidad cuando deja de formar parte de nuestra historia cotidiana. Como si fuera tan fácil desparecer y aparecer. ¿O lo es realmente?
Pienso que a muchos nos gustaría estar ausentes durante esos momentos desagradables tanto por su carga excesivamente dramática como por la ausencia de cualquier vestigio de vitalidad. No sólo pienso o creo que es así, lo sé.
Como decía tu admirado Conan Doyle o alguno de sus directos o indirectos biógrafos puso en sus labios yertos, lo sé, estoy seguro, no es un pensamiento o una creencia. Y en este grupo de personas te incluyo a ti. Sí, ya lo sé, mi manía de clasificar todas las cosas. Manía de científico o pseudocientífico, porque, bien es verdad, al cabo de los años quién sabe lo que realmente es uno.
En estos pensamientos estaba inmerso cuando te vi entrar por la puerta de aquella cafetería de falso aspecto irlandés donde habíamos quedado. Tu pelo seguía siendo ensortijado aunque las canas cubrían bastante más tu cabeza que los cabellos oscuros tan típicos antes. Miraste a tu alrededor antes de darte cuenta del lugar en el que me hallaba sentado. Me pareció notar la sorpresa en tu rostro. Sorpresa probablemente asociada a los rasgos cambiados que apreciaste en mi cara. O tal vez no porque nos mentimos, como se debe mentir en estas ocasiones, al decirnos que estábamos igual que siempre como si el tiempo no pasara por nosotros.
Nunca me han gustado estas afirmaciones falsas. Esas mentiras piadosas tan comunes y bien valoradas. Pero el roce social poco a poco ha ido limando también las aristas de mi carácter y cada vez soy más dado a callar o a mentir con mayor o menor éxito. El tiempo había pasado por tu rostro y por tu cuerpo aunque tu forma de vestir parecía haberse estancado en otras décadas. Seguían tus manos estando repletas de anillos. Anillos que me resultaban equilibradamente conocidos y nuevos. Ese hábito tuyo siempre me había chocado. Desde los tiempos que compartimos de estudiantes en el instituto tuviste una gran afición por los anillos y sortijas. Me parecía llamativo. Llamativo, sobe todo porque jamás soporté llevar anillos, cadenas, collares u otros adornos parecidos.
Pediste un café. Me sorprendí de nuevo por este cambio de hábitos. No recordaba que bebieras café. Es más, alguna vez te oí algún comentario contrario al café, al té, a cualquier infusión. Te parecían bebidas de ancianos. Tal vez ahora eres una persona anciana y eso explicaba tu petición. O tal vez no. ¿Porque cuántos años podrías tener? Recordé que compartíamos algunas clases en el instituto y eras, creo recordar, un par de años mayor. Entonces, en términos técnicos, no podría decir que fueras una persona mayor. Tal vez pensaran diferente algunos de los jóvenes que departían alegremente acodados a la barra del café.
Bueno,- te dije- ¿por qué querías verme?
- Veo que sigues tan directo como siempre. Siempre al grano. No se debe perder el tiempo.
- Las cosas han cambiado en muchos aspectos pero en las conversaciones me gustan poco los circunloquios. Me intriga que nos veamos después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro.
Tu mirada parecía cansada. Las ojeras que rodeaban, enmarcaban, tus ojos, eran demasiado nítidas. Daba la impresión de que habías tenido poco éxito con el sueño la noche pasada. Aun así, tu rostro mostraba una concentración excesiva, como si realmente te costar estar donde estabas y hablar conmigo.
- No lo sé. No se por qué necesitaba verte, hablar contigo. Tal vez necesitaba hablar con alguien que no me hubiera tratado mal. Con algún amigo aunque fuese un amigo pretérito.
La realidad es cambiante. La realidad presente y la realidad pasada. “Alguien que no me hubiera tratado mal”. Me sorprendió esta frase. No recordaba que hubiéramos tenido una relación superficial. No recordaba que mi trato hacia ti fuera malo pero tampoco que fuera especialmente maravilloso. Mientras vagaba entre recuerdos, una certeza afloraba cada vez más en mi pensamiento. Veía claro que estaba hablando con una persona que me resultaba completamente extraña. Y me parecía imposible teniendo en cuenta los muchos años en que habíamos compartido tantas cosas.

27 mayo 2007

Mis amigos son… mis amigos

Tal vez nunca hay hablado mucho de mis amigos. Probablemente habrás pensado que soy una persona tirando a solitaria (que lo soy), que tiene pocos o ningún amigo y tal vez, sólo tal vez, tengas una pizquita de razón. Pero digamos que tengo buenas amistades, buenos amigos (y amigas) como se está convirtiendo en moda popular (entre los políticos) por estas tierras. Sin embargo, por los años o por las circunstancias, hay tres personas, varones, que podría clasificar como mi círculo más íntimo de amistades.
Llamémosles, Alejandro, Ernesto y Fabricio, por orden alfabético aunque como alguno de ellos diría, “me jode ese orden tan cretino”. Pero como no van a leer estos escritos, tantas veces tan poco pertinentes (y si los leen supongo serán discretos y ninguno confesará públicamente que se dedican a fisgar por la Red que consideran como algo vulgar, la Red y fisgar, ambas cosas), tengo la libertad de sacar de vez en cuando alguno de sus trapos sucios con toda la impunidad del mundo.
Porque, seamos sinceros, ¿Para qué están los amigos? Está claro que son un referente anímico y emocional importante pero también son el saco de nuestros despechos, desesperaciones, pataletas, arrogancias, cretineces y demás. ¿O no?
Y eso mismo es la amistad, un vínculo (una cadena) con otra persona en ocasiones por razones poco claras, otras por causas menos oscuras y otras, probablemente las más, porque estábamos en el mismo lugar en el momento oportuno y fue el comienzo de una… gran amistad.
Por eso quiero dedicar de vez en cuando un rinconcito a mis amigos que según avanzan en el tiempo van necesitando más mimos, algún empujón de vez en cuando y un par de capones que les permita despertar del letargo en el que nos van induciendo tanto mamarracho que nos quiere dirigir desde el poder político, económico y social y porque mis amigos son mis amigos, un valor incuestionable que se mantiene en la cota más alta a pesar de las diferencias, de los vientos, de las almas en pena y de los capullos que se creen dioses porque un día se dejaron crecer el pelo o taparon su estúpida cara con un bigotillo.
Amen.