22 septiembre 2008

A un clic de distancia

En ocasiones se produce la magia donde menos lo esperas.
La magia blanca de la ilusión por las pequeñas cosas.
Abres un libro y surge al azar una frase que te conmueve.
Haces un clic en el ratón y aparece una página donde encuentras algo que te sorprende, te enternece o enerva.
Esa magia radica en el alma, en la mente, que no sabemos si es liviana o pesada, según con que lente nos de por mirarla en la brumosa pero energética mañana.
Y aquí queda una frase robada, a un para mí poco conocido escritor japonés, Haruki Murakami.
Aquí queda una esencia que te dirá mucho o poco, tal vez nada, pero que me ha hecho recordar que la luz es tan bella como su ausencia.

"Sí, en aquella época, yo hablaba a solas como si estuviera recitando un poema".


Haruki Murakami

13 septiembre 2008

Desde la atalaya marina


Contemplas el declinante, rojizo horizonte, de esta tarde de suave primavera, desde tu atalaya marina.

Los azules se funden con los índigo, grana, oro y plata, en la distante lejanía de la inmiscible suspensión de aire y agua.

Los barcos, grandes y pequeños, blancos y negros, verdes o rojos, de ruidosos motores o silenciosas velas, hilan sus rectos caminos sobre la salada superficie de la bahía.

Se enmarañan y confunden sus trazos, se borran y dibujan sus efímeras líneas.

Siguen sus rastros tus soñadores ojos, mientras labran historias y fantasías con la plata de sus estelas.

Son fantasías viajeras, de países lejanos, países cubiertos de sol y de bruma.

Sientes las raíces, metamorfosis de tus pies, taladrar la familiar y cálida tierra pero tu alma etérea se eleva hasta acariciar las nubes que envuelven tus pensamientos.

El camino muta continuamente, se transforma en cada instante y esquina, se teje con argénticos y áureos hilos, mientras se abren a tus ojos, tus pies, tu mente, las multicolores imágenes de esa aventura que es la vida, tu vida entera.



Ilustraciones de Tania Quindós González

Una llamada, una vida pretérita

Una llamada, una vida pretérita
Me sorprendió tu llamada. La tarde paseaba aburrida intentando deshacer el nudo que provocaba la tos en mi garganta cuando sonó el teléfono. Tu voz se me hacía extraña al principio. Tu saludo; sin embargo, no había cambiado con los años. Me permitió reconocerte. No dudar sobre la autenticidad de los recuerdos que emergían reclamados por la magia de tus palabras encadenadas a través de la línea.
Me sorprendió tu llamada. Aun más tu invitación. Esta última avivó mis recelos. ¿Por qué, después de tantos años, volvías a dar señales de vida? Decimos así, “dar señales de vida”, como si uno muriera en realidad cuando deja de formar parte de nuestra historia cotidiana. Como si fuera tan fácil desparecer y aparecer. ¿O lo es realmente?
Pienso que a muchos nos gustaría estar ausentes durante esos momentos desagradables tanto por su carga excesivamente dramática como por la ausencia de cualquier vestigio de vitalidad. No sólo pienso o creo que es así, lo sé.
Como decía tu admirado Conan Doyle o alguno de sus directos o indirectos biógrafos puso en sus labios yertos, lo sé, estoy seguro, no es un pensamiento o una creencia. Y en este grupo de personas te incluyo a ti. Sí, ya lo sé, mi manía de clasificar todas las cosas. Manía de científico o pseudocientífico, porque, bien es verdad, al cabo de los años quién sabe lo que realmente es uno.
En estos pensamientos estaba inmerso cuando te vi entrar por la puerta de aquella cafetería de falso aspecto irlandés donde habíamos quedado. Tu pelo seguía siendo ensortijado aunque las canas cubrían bastante más tu cabeza que los cabellos oscuros tan típicos antes. Miraste a tu alrededor antes de darte cuenta del lugar en el que me hallaba sentado. Me pareció notar la sorpresa en tu rostro. Sorpresa probablemente asociada a los rasgos cambiados que apreciaste en mi cara. O tal vez no porque nos mentimos, como se debe mentir en estas ocasiones, al decirnos que estábamos igual que siempre como si el tiempo no pasara por nosotros.
Nunca me han gustado estas afirmaciones falsas. Esas mentiras piadosas tan comunes y bien valoradas. Pero el roce social poco a poco ha ido limando también las aristas de mi carácter y cada vez soy más dado a callar o a mentir con mayor o menor éxito. El tiempo había pasado por tu rostro y por tu cuerpo aunque tu forma de vestir parecía haberse estancado en otras décadas. Seguían tus manos estando repletas de anillos. Anillos que me resultaban equilibradamente conocidos y nuevos. Ese hábito tuyo siempre me había chocado. Desde los tiempos que compartimos de estudiantes en el instituto tuviste una gran afición por los anillos y sortijas. Me parecía llamativo. Llamativo, sobe todo porque jamás soporté llevar anillos, cadenas, collares u otros adornos parecidos.
Pediste un café. Me sorprendí de nuevo por este cambio de hábitos. No recordaba que bebieras café. Es más, alguna vez te oí algún comentario contrario al café, al té, a cualquier infusión. Te parecían bebidas de ancianos. Tal vez ahora eres una persona anciana y eso explicaba tu petición. O tal vez no. ¿Porque cuántos años podrías tener? Recordé que compartíamos algunas clases en el instituto y eras, creo recordar, un par de años mayor. Entonces, en términos técnicos, no podría decir que fueras una persona mayor. Tal vez pensaran diferente algunos de los jóvenes que departían alegremente acodados a la barra del café.
Bueno,- te dije- ¿por qué querías verme?
- Veo que sigues tan directo como siempre. Siempre al grano. No se debe perder el tiempo.
- Las cosas han cambiado en muchos aspectos pero en las conversaciones me gustan poco los circunloquios. Me intriga que nos veamos después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro.
Tu mirada parecía cansada. Las ojeras que rodeaban, enmarcaban, tus ojos, eran demasiado nítidas. Daba la impresión de que habías tenido poco éxito con el sueño la noche pasada. Aun así, tu rostro mostraba una concentración excesiva, como si realmente te costar estar donde estabas y hablar conmigo.
- No lo sé. No se por qué necesitaba verte, hablar contigo. Tal vez necesitaba hablar con alguien que no me hubiera tratado mal. Con algún amigo aunque fuese un amigo pretérito.
La realidad es cambiante. La realidad presente y la realidad pasada. “Alguien que no me hubiera tratado mal”. Me sorprendió esta frase. No recordaba que hubiéramos tenido una relación superficial. No recordaba que mi trato hacia ti fuera malo pero tampoco que fuera especialmente maravilloso. Mientras vagaba entre recuerdos, una certeza afloraba cada vez más en mi pensamiento. Veía claro que estaba hablando con una persona que me resultaba completamente extraña. Y me parecía imposible teniendo en cuenta los muchos años en que habíamos compartido tantas cosas.

27 abril 2008

Víctimas de la absurda moral religiosa: Richard F. Burton (1821-1890)

Recorrió inmensas distancias en el espacio y la mente, entró en la Ciudad Sagrada, Prohibida, soñó en las arenas ardientes de Arabia, los caudalosos y espirituales ríos de la India, las ignotas sabanas de África, las revueltas aguas del golfo de Guinea o las amplias y nuevas tierras americanas, cultivó las más diversas culturas y lenguas, tradujo obras eternas (“Las mil y una noches”, “Kama sutra”, Ananga Ranga”,…), estudió las diferencias y semejanzas de la especie humana, sus relaciones y creencias, y las describió en numerosos escritos que se llevó, en gran parte, el fuego purificador de la intolerancia religiosa… de su amada esposa.
A su muerte, su viuda, católica integrista, echó a la pira purificadora una gran cantidad de su material antropológico inédito, inapropiado en su descripción de costumbres humanas que eran inadecuadas para la sociedad puritana de su época.
Sea este un pequeño tributo desde la nada, en la inmensidad de la noche y del tiempo. Que las claras fuentes del Nilo limpien el cansancio de su curtido rostro cada mañana de esta blanca eternidad pero no borren su nombre.

Claveles de revolución

No recordaba al declinar la semana que de claveles y música se llenó la calle primaveral, la calle eterna, atemporal.

De claveles y primavera se llenó la vida, completa de grises hasta entonces, después brevemente colorida, de claveles, ruidosa de música, alborozada de personas y palabras, de libertad y esperanza.

Una alegre primavera repleta de claveles anticipaba la muerte del dictador, el ocaso de lo gris azulado que desde siempre había repintado a la vieja península.

Fue la primera vez, tal vez la última, que los uniformes no me parecieron odiosos.

Parecía el comienzo de una nueva era, tal vez lo fue, tal vez no, pero las cosas no volvieron a ser las mismas y una juventud siguió a la otra, y una vejez ocupó el espacio dejado por otra.

08 abril 2008

Vida y destino (Vassili Grossman)

He comenzado a leer el libro “Vida y destino” del autor fallecido Vassili Grossman y no me está sentando nada bien. Es una novela ambientada en la II Guerra Mundial, que gira alrededor de la vida de varias personas, sus amigos, familiares… durante la batalla de Stalingrado, de sus pensamientos, sufrimientos, amores… pero me parece sobre todo una novela política, de reflexión sobre los daños que provocan los totalitarismos.
No sólo los causados por el totalitarismo fascista, bajo su disfraz nazi en este caso (con la odiosa figura de Hitler entre líneas), si no también esos totalitarismos que se disfrazan de avance social y que se escudan en que los enemigos exteriores quieren eliminar las conquistas sociales, la revolución popular, para conculcar los derechos y libertades de sus ciudadanos. Esos totalitarismos que con un fuerte puño militar y grandes dosis de propaganda, nos engañan con una imagen bucólica, soñadora, con una sonrisa atractiva pero que esconden la abolición del ser humano sumergiéndole en una masa amorfa, en un rebaño que se siente cada vez más plácido bajo el tejado de la tenada o de la cuadra, con la seguridad de que habrá pasto o pienso, unas veces más otras menos, en el pesebre y se despreocupan de esos corderos, de esas viejas ovejas que van desapareciendo cada cierto tiempo, bien porque balan mal, tienen la lana negra o cualquier otra manifestación de su fenotipo o de su pensamiento que no coincide con el resto de los borregos.
No me sienta bien, desde luego que no y menos saber que su autor, periodista ruso que desde el frente de Stalingrado describió la barbarie de la guerra y por primera vez la existencia de los campos de exterminio nazis, no vio impresa su obra porque pasó a ser un escritor maldito para el poder corrupto soviético estaliniano al que no le gustaba que en su obra se mostrase fríamente el desmoronamiento real y moral de ese falso comunismo militarizado y de cómo las personas desde lo más hondo de su ser se rebelan, cada uno de la manera que podía o de que le era posible contra esa alienación constante del espíritu humano en que se convierte el poder mal empleado, el poder absoluto y su terror indiscriminado.
Me lo decía mi querido abuelo y me lo sigue diciendo en todos esos pensamientos, en esos sueños mágicos de las cada vez menos livianas noches de reposo o cada vez más pesadas vigilias, que no puede ser bueno ese cambio que se produce en la personalidad humana cuando uno se viste de uniforme, sea militar o civil, y esa persona se cree investida de un poder extraordinario, sobrenatural,… y su comportamiento empieza a ser distinto, menos amable, más autoritario, más servil con el poder, más soez con el anteriormente igual e incluso amigo, más brutal con el que consideran o aprecian débil.
Y los que hemos sentido la llamada de la utopía, y los que la seguimos sintiendo aunque tal vez cada vez más lejana, muchas veces no acabamos de comprender cual es la diferencia, la causa de que quien debe cuidar de nuestro bienestar se convierta en verdugo, en carcelero, en testaferro de un poder cada vez más distante de la gente corriente, de la ciudadanía, de esa gente que somos tú y yo, nosotros, de que quien deba ser amable se muestre brusco, agresivo…
Los Stalingrados se convierten en Hanoi, Santiago, Sarajevo, Sbrenica, Bagdad, Gaza, y crece nuestra indiferencia, nuestros ojos transforman su mirar en ovino, bovino, canino, cada vez más vacío, más ausente y encumbramos a curiosos personajes (Aznares, Bushes, Putines, Blaires,…), les damos alas, y se toman el poder por suyo, se lo guardan mientras pueden y si se lo quitamos con los votos (cada vez más livianos, menos sólidos), nos martirizan, intentan hacernos sentir culpables por no haber comprendido el designio divino que les confirió esa clarividencia, esa solemnidad en la estulticia más absoluta, que se tiñe tantas veces de un rojo que nunca es el de su sangre, siempre es de la de los demás, de aquellos que muchas veces no buscan nada más que un poco de sombra en esos duros días en que hace un sol de justicia.
Y ahí nos quedan todos los Vasili Grossman, encerrados en un libro, en una fotografía, en una bitácora, en un recorte de periódico. Es poco ese recuerdo, tal vez cada vez más desteñido, pero con suficiente luz para alumbrar a todos aquellos malnacidos politicastros que todavía son capaces de decir con satisfacción y suma arrogancia que mucha gente vivía bien bajo la nefasta sombra de guadaña de los dictadores que les protegieron a ellos y a sus finas familias.

15 marzo 2008

Día de poda

Un rayo de sol y una ráfaga de viento. La mañana está indecisa y esta casa hecha de redes necesita un buen arreglo. Me pongo delante de esta ventana universal, ventana abierta a tantos y tan escasos mundos, y decido ir cortando, podando las ramas, los ornamentos, los cuadros, las palabras efímeras…, todo lo que hoy creo que sobra. Me dirás que no es buena época para la poda. Te miraré sin hablar, pensando que los tiempos son un continuo cambio, que la esencia permanece, pero quién sabe con certeza qué es la esencia. Por eso corto, rasgo, aquí, allá, todo se vuelve mutación, cambio, sin sentido, con él, ¡qué más da! Hoy es así, mañana todavía no ha llegado.

19 enero 2008

Sábado, dulce sábado

Después del atracón de periódicos y de contemplar el día a través de los cristales, me he quedado con unas ganas enormes de dar un paseo. Lamentablemente, todavía es pronto para salir a la calle. Sin embargo, no me importa, el alma está repleta de energía, el sol está en pleno apogeo, el azul domina el firmamento y, parece mentira, todavía es sábado, divino y dulce sábado.

San Gallardón, pero menos

Los mass media están revueltos estos días a cuenta de las elecciones generales. Una pizca de sal acaba de poner don Mariano con ese intento de parecer que manda donde todos sabemos que le tienen de marioneta. Es curioso pero todo vale en política y creo que debemos tener mucho cuidado de la propaganda con la que nos venden la moto.
Esta claro que doña Esperanza es una política de la más rancia derecha ultra-conservadora. Sus años de desgobiernos en la comunidad de Madrid avalan su integrismo tanto en lo social y cultural como en lo ideológico. Es dama de ir bajo palio de roucos, varelas y demás castrati. Hay muchos damnificados de su cruzada, la de ella y la de ellos que se diferencian en ser la misma, contra todo aquello que pueda tener un tufillo innovador, renovador o progresista.
Pero, ojo al cristo que es de madera, no vayamos a confundirnos y hacer santo a don Alberto. No hay político que llegue a donde está él sin haber aprendido el fino arte de la zancadilla, la daga veneciana, la traición y la cobardía. Si hoy le vemos rebotado, despechado y deshonrado, mañana le veremos con otra careta u otra cara más propicia al momento, tal vez más alegre, que nunca sabe nadie si es cara o careta, sentimiento o sensibilidad.
No confundamos las cosas y no es cuestión de inclinarse por lo menos malo para ponerse en contra de lo peor. Hay que decantarse por lo mejor aunque sea tan difícil discernirlo. Para mí está claro que lo mejor no está ni en los neocon, ni en los con, ni en la madre que realizó el glorioso esfuerzo de parir a tan nefasta hermandad de intereses.

27 mayo 2007

Prometeo y la esperanza

Prometeo siempre me ha parecido un personaje curioso y atractivo. Hermanastro de Zeus que crea al ser humano a partir de un amasijo de cenizas yacentes sobre la tierra y mojadas por la lluvia, no se fía para nada de los dioses. Roba el fuego a los dioses (portador del fuego o de la luz) para que los seres humanos no pasen frío y puedan cocinar y paga su audacia con un castigo atroz: permanecer clavado en una roca con los brazos extendidos y sufrir que un águila le picotee y coma el hígado durante el día. Este órgano, de gran capacidad de reproducción, le crecía por la noche causándole más dolor si cabe que el infligido por los picotazos del águila. Aunque no está claro por qué, fue liberado y perdonado (¿intercesión de Heracles? ¿Zeus le necesita para que le haga algún favor en sus correrías amorosas?) y dedica sus mejores consejos a su hermano Epitemeo.
El más claro y certero es que le dice que de los dioses no hay que aceptar ningún regalo. Pero nadie escarmentamos en cabeza ajena y Epitemeo acepta un regalo de Zeus, su futura mujer, Pandora, creada por Hefestos según el modelo de Afrodita, su esposa. Pandora, famosa por su caja, portaba dicha caja cargada de sufrimientos. Prometeo vuelve a aconsejar a su hermano. Esta vez le dice que no abra la caja. Y de nuevo Epitemeo, al que le debemos los sufrimientos que están desbocados por el mundo, desoye el consejo.
“En el fondo de la caja”, dice Michael Köhlmeier, “no quedaba más que la esperanza, que había permanecido sin poder salir. Desde entonces, la esperanza fue administrada por Prometeo, quien la custodió y nunca dejó que sus criaturas la percibieran completamente. La esperanza es una medicina muy fuerte, en su forma pura, sin diluir, puede hacernos daño. Por eso Prometeo se cuidó mucho de que la esperanza no fuese administrada sin el recuerdo”.
Y Prometeo tiene toda la razón, la esperanza es algo muy positivo pero nunca debe impedirnos percibir la realidad tal como es ni hacernos olvidar los hechos pasados. La esperanza, por desgracia, no solo ha sido patrimonio de Prometeo. Muchos embaucadores del espíritu, el alma y la mente humana nos han vendido humo durante muchos siglos. Han sido y siguen siendo muy hábiles porque son capaces de confeccionar hermosos vestidos hechos de esperanza para cubrir sus engaños y mentiras.
Humanos somos y Prometeo, por desgracia, murió hace tiempo para la gran mayoría de nosotros.

Mis amigos son… mis amigos

Tal vez nunca hay hablado mucho de mis amigos. Probablemente habrás pensado que soy una persona tirando a solitaria (que lo soy), que tiene pocos o ningún amigo y tal vez, sólo tal vez, tengas una pizquita de razón. Pero digamos que tengo buenas amistades, buenos amigos (y amigas) como se está convirtiendo en moda popular (entre los políticos) por estas tierras. Sin embargo, por los años o por las circunstancias, hay tres personas, varones, que podría clasificar como mi círculo más íntimo de amistades.
Llamémosles, Alejandro, Ernesto y Fabricio, por orden alfabético aunque como alguno de ellos diría, “me jode ese orden tan cretino”. Pero como no van a leer estos escritos, tantas veces tan poco pertinentes (y si los leen supongo serán discretos y ninguno confesará públicamente que se dedican a fisgar por la Red que consideran como algo vulgar, la Red y fisgar, ambas cosas), tengo la libertad de sacar de vez en cuando alguno de sus trapos sucios con toda la impunidad del mundo.
Porque, seamos sinceros, ¿Para qué están los amigos? Está claro que son un referente anímico y emocional importante pero también son el saco de nuestros despechos, desesperaciones, pataletas, arrogancias, cretineces y demás. ¿O no?
Y eso mismo es la amistad, un vínculo (una cadena) con otra persona en ocasiones por razones poco claras, otras por causas menos oscuras y otras, probablemente las más, porque estábamos en el mismo lugar en el momento oportuno y fue el comienzo de una… gran amistad.
Por eso quiero dedicar de vez en cuando un rinconcito a mis amigos que según avanzan en el tiempo van necesitando más mimos, algún empujón de vez en cuando y un par de capones que les permita despertar del letargo en el que nos van induciendo tanto mamarracho que nos quiere dirigir desde el poder político, económico y social y porque mis amigos son mis amigos, un valor incuestionable que se mantiene en la cota más alta a pesar de las diferencias, de los vientos, de las almas en pena y de los capullos que se creen dioses porque un día se dejaron crecer el pelo o taparon su estúpida cara con un bigotillo.
Amen.

26 abril 2007

Tiempo... ¿Y silencio?

Hace poco compré un reloj que atrasa entre diez minutos y seis horas cada día. Es un reloj cuya batería se carga sola con el movimiento, vamos de esos que llaman cinéticos o “kinéticos”. Desde que lo tengo, me he dado cuanta de lo útil que es tener un reloj que marca la hora que le da la gana. El alma se ensancha y el silencio se presenta más amistoso.
¡El tiempo es todavía infinitamente más subjetivo y me encanta no depender tanto de él!

25 abril 2007

Las horas perdidas

Hay horas inciertas, horas crepusculares.
Tiempo donde todo parece detenido, parado, contemplándose a si mismo sin objeto ni objetivo.
Son horas perdidas o así se lo parecen a muchas personas.
Sin embargo, debo decir que me gustan esos tiempos muertos, esa separación temporal del mundo.
Me encanta su presencia súbita, inesperada, sin anunciarse.
Son momentos de duración indeterminada, con un ritmo sosegado, con minutos y segundos sosegados, frenados en su alocada carrera diaria a ninguna parte.
En esos momentos soy capaz de acordarme de mí, de ti, de nosotros y, a veces, pocas veces también de ellos.
Me acuerdo y me sorprendo porque los recuerdos también parecen bañados en aceite, relajados de acritud, disminuidos de ansiedad.
Hasta esos cretinos que me consideran su enemigo me parecen humanos.
Son esas horas perdidas que da gusto encontrar detrás de cada hoja, al lado de cada rincón, que juegan contigo al escondite y aparecen y se reafirman cuando les apetece.

30 marzo 2007

Niebla y olvido

Niebla y olvido, dos palabras que juntas parecen el título de un bolero. Cuantas veces me ha servido la niebla para sentirme en otro mundo, otra época, otra vida.
La niebla y el olvido viajan juntos en mi pensamiento como inseparables compañeros.
No me desagrada la niebla, mis ojos claros están acostumbrados mejor a sus veladuras que a la intensidad del sol.
No me disgusta sentirme envuelto, transportado, desorientado en sus difusos contornos.
Probablemente mi alma necesite sentirse libre, sin brújula, en demasiadas ocasiones y sobrevalore el efecto de la niebla en mis sentidos, su fuerza magnética, como un sur lleno de misterio.

21 marzo 2007

El alma vacía de banderas

Esta mañana la primavera no parecía tener muchas ganas de levantarse. Mientras caminaba por las frías calles barridas por la lluvia, el granizo y el viento, he visto agitarse amenazadoras varias banderas diferentes e iguales y he recordado.
He recordado otros tiempos en que la música y los himnos, las voces corales, sobrecogían el espacio y el cuerpo proclamando que el “alma estaba llena de banderas”. Tal vez nunca hayas oído el nombre “Quilapayún” pero como todos los nombres tuvo su época dorada. Este grupo de voces comprometidas con los ideales de su época, nos hacían, a muchas personas, sentir, vibrar… era un tiempo distante y distinto.
“Un alma llena de banderas”, me pregunto en un pensamiento auto-reciclable. ¡Menudo alma sería necesaria hoy para albergar tantas banderas!
Las banderas han proliferado tanto que ganan en capacidad reproductora a las conejas, cuya fama como generadoras de vida es importante. Prácticamente cada persona, cada individuo tiene su propia bandera. Las banderas son ya como esas camisetas en las que cada cual (que tenga algo de dinero que quiera tirar a la basura) puede mandar imprimir cualquier cosa y digo cosa porque la mente tiene infinidad de escalas y no todos hemos recibido los mismos dones intelectuales, morales, afectivos o de cualquier otra clase. Esto último no es malo ni es bueno. Y creo que la diversidad es el mejor don que tiene la especie humana.
La bandera es el símbolo exclusivo de un bando, de una facción, de una fratría, de un partido, de un estado... La bandera es excluyente y provoca grandes conflictos humanos. Cuando no crea tensiones violentas, construye absurdas situaciones protocolarias. ¿Qué bandera va en primer lugar?, ¿la tuya o la mía?, ¿la vuestra o la nuestra?
Recuerdo la primera vez que te oí decir que bandera en muchos idiomas era equivalente a trapo. No sé si es cierto o no pero creo que un trapo tiene más dignidad que una bandera. Un trapo tiene varias funciones de importante utilidad y no fue creado o pensado para ocasionar conflictos, sembrar diferencias o crear enemistades.
Es evidente que sí, que prefiero cualquier humilde trapo, que me parecen los trapos más importantes que todas las banderas juntas, reunidas en procesión solemne.
Tal vez sea un pensamiento muy simplista, reduccionista hasta el absurdo, pero en un momento en que parece que diferenciarse del resto es lo más importante, pero no diferenciarse como individuo si no como banda (y no exactamente de música) o como tribu, prefiero perderme en la belleza de la diversidad sin tensiones, los colores diferentes y ricos de la piel humana, de los ojos, de las sonrisas, la variedad singular, la riqueza de las almas tan diferentes e iguales, del espíritu que no desea fronteras irreales, trazadas por intereses de oligarquías mentales, religiosas, políticas o económicas.
Aquí, ahora, luego, cuando aun no se sabe si la primavera quiere llegar o prefiere estar ausente, si la era de Acuario va o viene, si cualquier artificio o invento humano está hecho más contra la propia naturaleza humana que a favor de las personas o la madre tierra, tengo pocas cosas claras pero desde luego prefiero tener el alma bien vacía de banderas.

13 marzo 2007

Dolce & Gabbana y la estética del fascismo

Siempre ha habido genios y geniecillos. Tarugos y taruguillos. Ricos y riquillos. Muchos de los que nos venden humo suelen creerse especiales, por encima de todo, del bien y del mal, de los seres humanos. Son semidioses o se lo creen.
Un ejemplo claro son los dueños de Dolce & Gabbana. Sus campañas publicitarias tienen una estética completamente fascista. Y digo sus campañas porque si las pagan son suyas y habrán hecho una selección natural con su abundante dinero de los publicistas que se las preparan a su medida. Estética fascista que nos retrotrae a los tiempos tenebrosos del Duce o del Führer, contemporáneos al fin y al cabo. Uno se da una vuelta por las revistas que acompañan a los periódicos y puede ver, por ejemplo en doble página del EPS de “El País” de este domingo (11 de marzo de 2007), al “hombre nuevo”, a la esencia del pro-hombre fascista: cuatro varones musculazos, con cortes de pelo fijados con brillantina y peinados hacia atrás. Esto por no mencionar la controvertida y criticada fotografía de violencia de cuatro hombres contra una mujer.
Uno puede volverse un poco hacia atrás y contemplar las mismas imágenes en cualquier hemeroteca que contenga periódicos de la época de la dictadura franquista, revisar los sellos, las imágenes que ahora resucitan periódicos del color de “El Mundo” o buscar en la Red cualquier obra fotográfica de Leni Riefensthal o cualquier escultura de las que abarrotaron Berlín, Bucarest, Lisboa, Madrid, Roma, Viena…, para conmemorar los triunfos de los diferentes fascismos europeos. Vuelve la estética del fascismo y los susodichos genios de la moda se defienden con algo curioso: acusan de ejercer la censura a los que se quejan de su publicidad.
Son tan demócratas que no diferencian, ni saben diferenciar, lo que es la censura totalitaria (que tal vez añoran), que no permite que una opinión o una obra salgan a la luz, con la repulsa o la queja que provoca en muchas personas que no comparten su “estética” o su gusto estético, algo que libremente han podido distribuir mundialmente, gracias a su dinero.

Hace mucho tiempo que me volví transparente

Hace mucho tiempo que me volví transparente. Casi, casi invisible. O sin el casi.
Cuando uno se va acercando a los cincuenta ve las cosas de otra manera. Ni mejor, ni peor, pero de otra manera.
Te vas acostumbrando al efecto que no produces en la gente.
Te vas adaptando e incluso acomodando poco a poco a esa insoportable levedad del ser (que me perdone Milan Kundera), a esa sensación de que muchas personas tienen la extraordinaria facultad, el maravilloso don, de mirar a través de ti.
Digo a través porque no ven o no sienten tu presencia. Ni falta que hace, probablemente.
Eres alma y el alma es invisible, al fin y al cabo.
Quizás no sea importante porque poco a poco vas asimilando que el pequeño número de personas (cada vez más pequeño por selección natural) que te aprecia es el único grupo humano que consigue vislumbrarte un poco.
Y aunque sea poco, se agradece.

24 febrero 2007

Aprendí en tu cálida mirada que la poesía no necesitaba del verso.

Aprendí en tu cálida mirada que la poesía no necesitaba del verso. Que la prosa reflejada en tu piel era tan buena como los mejores sonetos para expresar los sentimientos.
Comprendí que el azote de la soledad no es ningún castigo divino ni humano. Tal vez sea una suave caricia del tiempo, tal vez una pequeña parada en la dureza del camino que nos deja reflexionar sobre el efímero y difuso pasado, la inestabilidad del momento presente, el incierto cercano y lejano futuro.
Entendí en tus pausadas y rítmicas frases, muchas expresiones de la grandeza que se oculta en lo breve y sencillo, en lo pequeño, en lo minúsculo, en ese gesto de tu mano cariñosa sobre mi seca piel.
Por eso miro la lluvia, la sempiterna lluvia tamborileando en los fríos canalones, contemplo su continuo rocío calmando la sed de la dormida tierra, y creo verte en cada gota, en cada giro y volteo que dan obligadas, impulsadas por el viento.
Y creo, sencillamente creo, yo que nunca he creído en lo que no han visto mis ojos, sentido mis dedos, notado mi piel, escuchado por mis oídos en la penumbra de la vida sin sol, respirado u olido e inundado en esencias de mixturas humanas lo más profundo de mi alma.

14 febrero 2007

En las alas del viento

Hoy la mayor parte de las conversaciones que no tratan de política o fútbol giran alrededor de San Valentín patrón de los enamorados. Vaya por delante mis felicitaciones a todos los lectores de "Blogger” porque creo que el amor es una sensación o un estado sublime aunque muchas veces nos haga pasar por auténticos idiotas y otras por grandes peligros públicos. Pero una vez dadas estas felicitaciones, vayan las críticas a todos los que no muestran sus sentimientos a diario y esperan a este comercializado día para hacerlo. Sin embargo, mi intención no va por estos caminos al escribir este post.
No, porque hoy, a pesar del día tan cambiante, con independencia del cruel, fuerte y vanidoso viento que ha derribado un bonito y añoso pino cerca de donde trabajo o de esa lluvia torrencial que ha estado dando una lavadita a la gris cara de la ciudad durante parte de la jornada, tengo ganas de transcribiros (por no decir copiar para vosotros) un fragmento escrito por Jules Renard en su cuento “El cazador de imágenes”.
Espero que este pequeño canto a la alegría que surge espontánea desde lo más hondo de nosotros cuando tomamos una pequeña bocanada de aire fresco y nos dejamos envolver el alma por el panteísmo que impregna nuestro castigado mundo, nos dejamos llevar en las alas del viento.
Dice así:
“Salta de su cama de buena mañana y sólo parte si su mente está clara, su corazón puro y su cuerpo ligero cual prenda estival. No lleva consigo provisión alguna. Beberá aire fresco por el camino y aspirará los olores saludables. Los ojos le sirven de red en la que caen presas las imágenes.
…/…
Se adentra en el bosque. Él mismo ignoraba que poseyera tan delicados sentidos. Al cabo de poco, impregnado de perfumes, no se le escapa ningún rumor, por sordo que éste sea, y para comunicarse con los árboles sus nervios se enzarzan con las
nervaduras de las hojas.”

05 febrero 2007

La imaginación y la mar océana

Caminaba, como muchas tardes, por el acantilado y al contemplar con ojos cansados la mar en calma, discreta pero ligeramente vestida de bruma, me vino a la mente una cavilación de Hugo Pratt. Decía más o menos lo siguiente:
"Es peligroso abrir demasiado las puertas de la imaginación, pues ésta se alimenta de las ideas curiosas. Entonces, los sueños se transforman en una especie de posesión, y mirar al mar se convierte en el insoportable desafío de una línea de horizonte que oculta siempre nuevos ríos y tierras desconocidas."

Y sentí que una verdad antropófaga se reflejaba en esas palabras.
La imaginación devora, se alimenta de forma insaciable de toda idea nueva, vieja, sensata, absurda, pragmática o inconsistente, que emerge de las profundidades de nuestra mente etérea o de nuestro orgánico cerebro.
Las ideas, los sueños, los deseos, empiezan a tocar tambores de guerra, a danzar una rítmica y machacona marcha que apenas conseguimos eludir de nuestra cotidianeidad y nos va empujando poco a poco, suavemente al principio, de forma grosera más tarde, a emprender una nueva ruta, un nuevo salto a ese vacío del alma que supone salir al camino, una vez más, tal vez la última, para llegar a esos ríos, lagos, mares que se ocultan tras el horizonte oceánico.
Recordé al anciano que descansaba en un poyo de la plaza, el viento me trajo una vez más sus palabras:
“No pidas un deseo, no desees más de lo que puedas abarcar, tal vez se convierta en realidad y te devore la fuerza de tu imaginación o la del destino”.