24 febrero 2007

Aprendí en tu cálida mirada que la poesía no necesitaba del verso.

Aprendí en tu cálida mirada que la poesía no necesitaba del verso. Que la prosa reflejada en tu piel era tan buena como los mejores sonetos para expresar los sentimientos.
Comprendí que el azote de la soledad no es ningún castigo divino ni humano. Tal vez sea una suave caricia del tiempo, tal vez una pequeña parada en la dureza del camino que nos deja reflexionar sobre el efímero y difuso pasado, la inestabilidad del momento presente, el incierto cercano y lejano futuro.
Entendí en tus pausadas y rítmicas frases, muchas expresiones de la grandeza que se oculta en lo breve y sencillo, en lo pequeño, en lo minúsculo, en ese gesto de tu mano cariñosa sobre mi seca piel.
Por eso miro la lluvia, la sempiterna lluvia tamborileando en los fríos canalones, contemplo su continuo rocío calmando la sed de la dormida tierra, y creo verte en cada gota, en cada giro y volteo que dan obligadas, impulsadas por el viento.
Y creo, sencillamente creo, yo que nunca he creído en lo que no han visto mis ojos, sentido mis dedos, notado mi piel, escuchado por mis oídos en la penumbra de la vida sin sol, respirado u olido e inundado en esencias de mixturas humanas lo más profundo de mi alma.

14 febrero 2007

En las alas del viento

Hoy la mayor parte de las conversaciones que no tratan de política o fútbol giran alrededor de San Valentín patrón de los enamorados. Vaya por delante mis felicitaciones a todos los lectores de "Blogger” porque creo que el amor es una sensación o un estado sublime aunque muchas veces nos haga pasar por auténticos idiotas y otras por grandes peligros públicos. Pero una vez dadas estas felicitaciones, vayan las críticas a todos los que no muestran sus sentimientos a diario y esperan a este comercializado día para hacerlo. Sin embargo, mi intención no va por estos caminos al escribir este post.
No, porque hoy, a pesar del día tan cambiante, con independencia del cruel, fuerte y vanidoso viento que ha derribado un bonito y añoso pino cerca de donde trabajo o de esa lluvia torrencial que ha estado dando una lavadita a la gris cara de la ciudad durante parte de la jornada, tengo ganas de transcribiros (por no decir copiar para vosotros) un fragmento escrito por Jules Renard en su cuento “El cazador de imágenes”.
Espero que este pequeño canto a la alegría que surge espontánea desde lo más hondo de nosotros cuando tomamos una pequeña bocanada de aire fresco y nos dejamos envolver el alma por el panteísmo que impregna nuestro castigado mundo, nos dejamos llevar en las alas del viento.
Dice así:
“Salta de su cama de buena mañana y sólo parte si su mente está clara, su corazón puro y su cuerpo ligero cual prenda estival. No lleva consigo provisión alguna. Beberá aire fresco por el camino y aspirará los olores saludables. Los ojos le sirven de red en la que caen presas las imágenes.
…/…
Se adentra en el bosque. Él mismo ignoraba que poseyera tan delicados sentidos. Al cabo de poco, impregnado de perfumes, no se le escapa ningún rumor, por sordo que éste sea, y para comunicarse con los árboles sus nervios se enzarzan con las
nervaduras de las hojas.”

05 febrero 2007

La imaginación y la mar océana

Caminaba, como muchas tardes, por el acantilado y al contemplar con ojos cansados la mar en calma, discreta pero ligeramente vestida de bruma, me vino a la mente una cavilación de Hugo Pratt. Decía más o menos lo siguiente:
"Es peligroso abrir demasiado las puertas de la imaginación, pues ésta se alimenta de las ideas curiosas. Entonces, los sueños se transforman en una especie de posesión, y mirar al mar se convierte en el insoportable desafío de una línea de horizonte que oculta siempre nuevos ríos y tierras desconocidas."

Y sentí que una verdad antropófaga se reflejaba en esas palabras.
La imaginación devora, se alimenta de forma insaciable de toda idea nueva, vieja, sensata, absurda, pragmática o inconsistente, que emerge de las profundidades de nuestra mente etérea o de nuestro orgánico cerebro.
Las ideas, los sueños, los deseos, empiezan a tocar tambores de guerra, a danzar una rítmica y machacona marcha que apenas conseguimos eludir de nuestra cotidianeidad y nos va empujando poco a poco, suavemente al principio, de forma grosera más tarde, a emprender una nueva ruta, un nuevo salto a ese vacío del alma que supone salir al camino, una vez más, tal vez la última, para llegar a esos ríos, lagos, mares que se ocultan tras el horizonte oceánico.
Recordé al anciano que descansaba en un poyo de la plaza, el viento me trajo una vez más sus palabras:
“No pidas un deseo, no desees más de lo que puedas abarcar, tal vez se convierta en realidad y te devore la fuerza de tu imaginación o la del destino”.

04 febrero 2007

Angustia

La felicidad es una hermosa utopía.
Pretendemos alcanzar un estado de bienestar, de satisfacción, de dulce apariencia de que todo lo que nos rodea es rosa, azucarado, que nos deja esa sensación melosa en el paladar. Pero la realidad es cruda, dura, fría, y nos enseña los dientes con demasiada frecuencia, como un perro rabioso que pelea a muerte por su hueso descarnado.
Crecemos persiguiendo utopías y esa búsqueda nos da aliento suficiente para entender que un momento de alegría o dos, si el día se presenta generoso, nos puede dar energía para sobreponernos al día a día. Pero, no podemos ser del todo ciegos. Y cuando vemos, cuando contemplamos sin gafas oscuras, la realidad, no podemos evitar una amarga sensación de angustia.
Esa angustia es parte intrínseca de nosotros, está incrustada, engarzada en nuestro interior con tanta fuerza que es difícil separarla de nuestra propia esencia. Si es que no es nuestra propia esencia.