03 julio 2006

La Siesta, Nueva Zelanda y Australia (vamos, las Antípodas) (Microcuento)

Pocas cosas hay tan placenteras como la siesta.
No me refiero exactamente a la siesta de camisón, gorro y orinal (¡que no está nada mal!). Más bien quiero hablar un poco de esa otra, sí esa más cortita que se caracteriza por un grupito de cabezadas y un cierto estar y no estar en el cotarro que nos rodea.
Debo reconocer que últimamente (los últimos 120 o 130 años, más o menos), soy capaz de dormirme de pie en cualquier esquina y, no digamos nada, cuando estoy sentado o tumbado en algún mullido butacón o sofá: ¡puedo batir records!
Hoy he querido evitar el sopor que me embarga después una comida tardía (por motivos de trabajo eran casi las cuatro cuando he terminado de comer) y me he puesto a pensar en Australia y los koalas, en Nueva Zelanda y los kivis.


Poco llevaba en estos pensamientos faunístico-geográficos cuando he empezado a ver correr ovejas. Primero una, luego otra, ya iban tres cuando ha llegado la cuarta y, sucesivamente, se han ido juntando más y más, hasta que se ha formado un precioso rebaño de blanco algodón.
He caído (profundamente dormido) en la cuenta de que estos dos países son ricos en ganadería ovina.


Lo que son las siestas, ¡cualquiera se libra de ellas!

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